Publicado 2019-02-09
Los Escorpiones Sin Veneno
Hacía años que se venían volviendo común las charlas entre ranas y escorpiones a orillas del río Bases. Los escorpiones solían pedirle a las ranas que los ayudaran a cruzar porque era la única manera que tenían de conocer el otro mundo.
La mayoría de las ranas no confiaba en los escorpiones, y cruzaban solas, sin peso y sin peligro. Sin embargo, algunas de ellas creía el lógico argumento del escorpión: No te picaré porque si lo hago moriremos los dos ahogados. Cuando iban juntos en la mitad de las altas corrientes del río, los olvidadizos escorpiones picaban a las ranas con su veneno y se ahogaban.
Cada día nacían miles de huevos de ranas y escorpiones en el lado este de la isla Natisa. Al menos 800 ranas al día se aventuraban a cruzar al otro lado, de las cuales unas 100 de ellas aceptaba llevar un escorpión en su espalda y moría en el camino. Pero había un porcentaje muy pequeños de los casos, con suerte 1 cada ciertos días, donde el escorpión no tenía veneno para matar a la rana y ambos llegaban vivos al otro lado.
Por primera vez en la historia de los escorpiones, la ausencia de veneno se convirtió en su ventaja competitiva.
Al llegar al otro lado, las ranas, olvidadizas igual, salía corriendo aterrorizada del escorpión, no recordaba cómo llegó hasta su lomo ni lo que habían charlado antes de cruzar. Los escorpiones sin veneno comenzaron a poblar el lado oeste de la isla, un lugar en paz, sin insectos venenosos, solo anfibios amistosos e insectos pequeños para comer.
Al poco tiempo perdieron su instinto de picar, no les servía para nada, y crearon nuevos métodos de defensa. Se volvieron más inteligentes y se hicieron más grandes. Su aguijón no envenenaba, pero era como una grúa para construir la inmensa civilización que llamaron “Escorpiones Anfibios”.